El amarillismo fabrica el pecado —la caída ajena—, vende la absolución —la siguiente portada—, venera reliquias —la exclusiva— y promete la trascendencia más barata del mercado: ser mirado, aunque sea de reojo y en la fila del súper. Esta semana El Espejo entra a la rotativa a cubrir a quien cubre, y descubre que la nota roja y el narcisista comparten modelo de negocio: ninguno sobrevive un día sin audiencia.
La rotativa no esconde su credo: lo pinta en amarillo ácido sobre la pared del taller, a la altura de los rodillos. «Si sangra, encabeza. La rectificación va en la página 14.» Dos frases, toda una teología industrial. La primera consagra la herida ajena como materia prima: el dolor de otros es el único recurso natural que se renueva solo y no paga regalías.
El segundo mandamiento es el más elegante de los dos, porque legisla el remordimiento: la mentira sale en portada a ocho columnas, y la corrección —cuando llega— se sepulta en la página 14, cuerpo 8, entre el crucigrama y la esquela de un desconocido. Así el periódico nunca miente dos veces: la primera vez grita y la segunda susurra, y el susurro, técnicamente, también cuenta como honestidad.
N. Eco, enviada al taller, lo resume con su crueldad habitual: el tabloide es el único templo donde el feligrés paga por escandalizarse de pecados que le encantaría cometer. Y Tiresias, que ya lo vio todo dos veces, añade la profecía de rigor: mañana habrá otra portada, y pasado también, porque la indignación es el único apetito que se abre comiendo.
Hay que verlo a escala para entenderlo. Un solo lector, de pie, ante el muro completo de la hemeroteca amarilla: miles de portadas gritando al mismo tiempo, cada una jurando ser la definitiva. Desde lejos ya no se lee ninguna; se lee el conjunto, y el conjunto dice una sola cosa: mírame. Es el coro más honesto del periodismo, precisamente porque ya no dice nada.
El Espejo reconoce ahí a un colega de gremio espiritual. El narcisista también es una hemeroteca de sí mismo: cada anécdota a ocho columnas, cada agravio en edición extraordinaria, y la fe inquebrantable de que el mundo entero hace fila en el puesto de periódicos de su vida. La diferencia es de tiraje, no de doctrina.
Todo grito tiene la vida útil del pescado que envolverá mañana. Esa es la única fe de erratas que el amarillismo publica puntualmente, y la publica la lluvia: la portada que ayer era el fin del mundo hoy es pulpa en la cuneta, y el único que la lee completa es el drenaje. La inmortalidad que promete la nota amarilla dura exactamente un tiraje. Después hay que volver a morir en portada, porque el olvido de este templo no perdona: solo reincide.
Y aquí viene la parte incómoda de esta edición, la que el lector atento ya venía sospechando desde el pliego uno: El Espejo también se imprime. También elige su escándalo semanal, también le sube el volumen, también decora su portada para que usted no pueda no mirarla. La diferencia —nos decimos, para dormir— es que nosotros gritamos con serifas y citamos a Tiresias. Pero el espejo, cuando por fin se mira en otro espejo, descubre lo que todos sus miembros descubren en la primera sesión: que el problema nunca era el reflejo. Era las ganas de salir en él.
Narcisos Anónimos recuerda a la prensa del grito, y de paso a esta redacción, la advertencia de siempre: el primer paso no es la exclusiva. Es admitir que se necesita ayuda. El segundo es soltar el megáfono. Seguimos esperando que alguien —de tinta o de carne— complete el segundo.